María Consuelo Córdoba, una mujer de 58 años, ha vivido un calvario desde que en el año 2000 fue atacada con ácido por su entonces esposo. A lo largo de estos 26 años, ha pasado por cerca de 87 cirugías, pero su situación sigue siendo crítica, ya que requiere más procedimientos para la reconstrucción de su rostro. Esta semana, se confirmó que tiene autorización para acceder a la eutanasia.

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El ataque y sus consecuencias

El ataque ocurrió poco después de que María Consuelo se mudara a Bogotá con su esposo, con quien esperaba una nueva vida. Sin embargo, al manifestar su deseo de regresar a su ciudad natal, Istmina, y tras negarse a acompañarlo, fue atacada con ácido en el rostro. Su agresor huyó y desde entonces, su vida ha estado marcada por un largo y doloroso proceso médico.

Desafíos económicos y emocionales

Además de las complicaciones de salud, María Consuelo enfrenta serias dificultades económicas. Actualmente, depende de la limosna para cubrir sus necesidades básicas y los gastos de sus tratamientos médicos. “Yo tengo que pedir limosna, montarme en los TransMilenio, montarme en los buses, a pedir limosna para comprar esas cosas”, relató en una entrevista.

Su situación se agrava con el abandono de su hija, quien se distanció de ella hace algunos años, dejándola sola en su lucha por encontrar oportunidades laborales que le permitan sobrevivir.

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Encuentro con el Papa y su decisión de eutanasia

En 2017, María Consuelo tuvo la oportunidad de encontrarse con el papa Francisco durante su visita a Colombia. En esa ocasión, el pontífice le pidió que no considerara la eutanasia y que mantuviera la esperanza de recibir ayuda. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos y la promesa hecha al Papa, la asistencia necesaria nunca llegó.

En su reciente declaración, María Consuelo expresó estar “cansada de vivir” y reafirmó su deseo de ser sometida a la eutanasia. Desde la EPS Capital Salud de Bogotá, confirmaron que ella cuenta con autorización para este procedimiento desde hace cuatro años, y que la decisión de llevarlo a cabo depende exclusivamente de su voluntad, en el marco de su derecho a morir dignamente.